A principios de los setenta, por circunstancias que yo entonces no entendía, emigramos a Valencia. Dejamos la estepa manchega y llegamos al mar y a la huerta. Para mi era como llegar a Nueva York, incluso hablaban otro idioma, había edificios altísimos (mayor que el “Edificio San Luis”) a los que llamaban fincas. Había Corte Inglés, Lanas Aragón-Ademar, La Casa de Los Caramelos, las Torres de Serrano, Las Torres de Cuarte, El Miguelete, La Catedral, el rio, La Alameda, Los Viveros, el Mercado Central, siempre oliendo a café…mucho, había mucho.![]()
Paseabamos las tardes enteras con mi madre, viendo cosas, conociendo la ciudad. Junto a la Estación del Norte, o la RENFE como decían los valencianos, descubrimos la Librería París. Para nosotros, especialmente para mi madre, verdadero templo de la sabiduría. En ella recuerdo que había un negro de dependiente, que fue el primer negro que vi en mi vida (volví a pasar por allí a finales de los ochenta y seguía el hombre de dependiente), atentísimo con nosotros (y supongo que con todos los clientes); comprabamos libros con cierta asiduidad, “Las Mil y una noches”, clásicos de Bruguera ilustrados, una Biblia en comic que recuerdo leer con fruición y disfrutar de las batallas del Antiguo Testamento; todavía conservo algunos libros de entonces.
Fue uno de los mejores descubrimientos que hicimos en Valencia, “la librería del negro”, como decía mi pobre madre.
Con el tiempo, me sigue admirando la reverencia con la que mi madre, una mujer había aprendido a mal leer de grande y por su cuenta y que no sabía apenas firmar, entraba en lo que para ella era un sitio de admiración y respeto, un lugar donde estaba depositado todo el saber del mundo al alcance de cualquiera, en fin, una librería.



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