@lcluengo Y eso que estamos al lado
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¡Queremos que la muchacha sea comunal! ¡Y turgente! http://ow.ly/4oROL
1
Ahora los hippies son viejos, argentinos y se lavan. Venden quincalla en mercados tras halos de misterio, movimientos telúricos y oficios medievales, o eso dicen al menos. Entrelazan badana inspirados por dioses fenicios y hablan de la Tierra como madre de todo. Hay gentes que no les entienden e incluso ignoran, pero a ellos no les preocupa, siguen firmes en sus convicciones aun desdentados.
2
¿Que se esconde, maldita sea, bajo la mullida, confortable y verde hierba de Birkenau?
¿De que se han alimentado, maldita sea, durante generaciones los alegres gorriones de Auschwitz?
Tranquilidad, sosiego, seguridad, paz, esconden la mayor fábrica de muerte y horror creada por el hombre ¿hombre?.
3
Théodore Monod se alimentó durante toda su vida de tortilla (omelette), patatas fritas y Coca Cola y aun así, o a pesar de ello, descubrió en el Tibesti una nueva planta en 1940. Pese a la dieta y que su padre era pastor protestante. Los desiertos los carga el diablo y los aprovecha para tentar. Al señor Monod, a pesar de su herejía, no había diablo que lo tentase. Poco antes de morir regresó al Chad para ver si volvía a encontrar la planta, pero ya no la vio.
4
Los ojos de Vienna entre frases geniales transmiten tranquilidad y a veces súplica mientras el odio de Enma Small va envolviendo todo. Corrompiéndolo. Siempre es mas fácil escuchar al sembrador de cizaña, la comodidad de presuponer que todos son malos, el odio, la deshumanización del contrario. Y cuando ya no hay remedio estamos en Kigali blandiendo un machete, o recibiendo el fatal tajo en el cuello.
Menos mal que el bien casi siempre triunfa y volvemos a confiar en la humanidad cuando Logan besa a Vienna tras cruzar la cascada.
P. S.
Miserere mei, Deus, secundum magnam misericordiam tuam./Et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquiatatem meam./Amplius lava me ab iniquitate mea: et peccatto meo munda me.
*
Agradable ciudad renacentista, herreriana, recuerda a Baeza por donde traza el Duero su curva de ballesta. En un palacete en ruinas, no tanto como nuestra alma, Alfredo, el famoso cocinero toledano ha abierto una casa de comidas. A través de las ventanas se observa un interior agradable y claro, decorado con aires zen. Invito a mi cuñada a que me acompañe a pasar y que nos dejen ver el interesante restaurante.
Nos sorprende justo en la entrada de la sala el afamado cocinero junto con un pinche, vestidos los dos de negro y encaramados en un mostrador altísimo como las cátedras de los jueces en los dibujos animados. Solícitamente le pido permiso para ver su fonda sin tomar nada, despectivamente se niega. Le reprendo con ira. Acepta al poco, más nos obliga a hacerlo acompañados del pinche de negro y en coche. Mi cuñada, ahora convertida en cariátide, sigue sin hablar.
Montamos en un coche de esos para el campo y subimos por una empinada cuesta casi vertical. A ambos lados hay obradores de acero inoxidable donde multitud de cocineros vestidos de negro y con gorros como mitras, realizan toda clase de preparaciones y experimentos alquímicos.
Ascendemos a un rellano sin fin en el que hay, colgadas de ganchos, millones de reses sangrando, abiertas en canal. Alrededor de ellas y manejando grandes cuchillos como machetes de zafra, pululan miles de frailes, gordos, feos y lampiños. Distingo en la penumbra el rostro de Sean Connery con barba y capucha parda franciscana. La cuesta y la visita acaban en un inmenso almacén con los techos bajos donde envasan bombones. Como si nos fuese la vida en ello, nos guardamos entre la ropa puñados y puñados de chocolatines. En la sala nos espera Alfredo. Le doy las gracias por dejarnos ver su local. Desmonto a mi cuñada, que sigue en silencio, metiendo las piezas en una bolsa de viaje. Salgo.
Phineas Taylor Barnum, nació en Conneticut en 1810. Fundó un circo, el «The Barnum & Bailey Greatest Show on Earth», donde exhibía una serie de fenómenos, la mayoría falsos, entre los que se encontraba una anciana negra, nodriza que fue de Washington.
*
Llegó solo, venía por su cuenta, sin compañía y le gustaba Bambino. Se junto con los otros. Un matrimonio joven, un viejo con boina y dos hijos, chico y chica. Al estar el viejo de non les vino bien y todos tan contentos.
Cuando llegaron a la casa tras la contratación verbal en la plaza ya estaban los otros. Carmen, Pepe, el marido y Pepito, el hijo de no más de doce años. Ella era hija de Peseta, el pisador titular de la casa y empleada por compromiso. Venían de Valencia. El hombre era valenciano y muy mal peinado. Si vivieran en el profundo Sur serían white trash, pero aquí y en aquellos años solo eran gentuza.
Camino del corte iban todos encima del remolque y cada uno hacía su gracia, el viejo fumaba por la nariz, el hijo explicaba como desollaba venados en la sierra con un puñal que llamaba cuchillo de monte y portaba en un tahalí, el matrimonio joven tonteaba y la hija de Peseta y el marido observaban mientras el hijo se sacaba los mocos con la mano. El que venía solo se llamaba Juan y el resto de los andaluces lo nombraban suavizando la jota. Juan se puso a enredar en la barja, baúl de madera en el que se lleva la comida y los cubiertos al campo. Sacó una botella de aceite de uno de los compartimentos y cuando estaba observándola el tractor frenó de golpe cayéndose esta y comenzando a derramarse el oleo. Como movida por un resorte la hija de Peseta se incorporó gritando:
- ¡¡¡Levántala, que trae mala sombra, levántala, la botella, levántala!!!
Juan levantó la botella y limpió el poco aceite que se había derramado, el viaje siguió como hasta entonces. Llegaron al tajo, comieron y comenzaron la faena. A los diez minutos, la hija del pisador, se cortó en un dedo:
- Ha sido por ti, derrama-aceites
Al día siguiente Juan se colocó una especie de impermeable y a las dos horas estaba lloviendo:
- Ha sido por ti, derrama-aceites, con ese capote llamas a la lluvia.
- Esto no es nada, dijo él.
Ese día no pudieron vendimiar de tanto como llovió. Metidos en la casa, la hija de Peseta que para cualquier acontecimiento tenia una explicación metafísica, le increpó:
- Tú, derrama-aceites ¿es que eres gafe?
Él no respondió, se limitó a suplicar comprensión con la mirada.
- Si, eres un gafe, sentenció ella.
Todos dejaron de hablarle y evitaban incluso cruzar la vista con él.
A los tres días dejó la cuadrilla.
*
Mi abuela decía Jesusalén por Jerusalén, se conoce que pensaba que el nombre se lo habían puesto a la ciudad por el hijo de Dios.
Juana, la Coleta, decía Mariadolid, y nos reíamos de ella, fue el primer año de vendimia en regla. Con los Peronas.
Veinticuatro días y medio de vendimia a mil pesetas, veinticuatro mil quinientas pesetas, nos buscaron por que se les habían apedreado las viñas y como tenían poca cosecha no iban a traer vendimiadores forasteros, era mejor compañeros de colegio y jubilados. A nosotros tres, de los que ya solo quedamos dos y a la Juana, una provecta anciana y madre soltera en los años de la posguerra, quien también cobraría menos de lo establecido, como llevaba haciendo toda su vida. Lo de Mariadolid lo decía a cuenta de una, que por lo visto se había ido a esa ciudad a posar para fotos de calendario.
La familia y la perra, una galga ¿o era podenca? que se llamaba Nadia en honor de la heroína de Montreal, completaban la cuadrilla. No vinimos al pueblo en toda la vendimia. Recuerdo que los ajenos conspirábamos después de comer. Durante esa vendimia almorzamos gachas veinticuatro, parafraseando a Lope. Alguna liebre o conejo que mataba la perra, con arroz; guisaba la madre, fue criada de la casa y se casó con el hijo mayor que era el padre de mi amigo y a cada paso se lo hacía notar.
Cosas de entonces.
Lo que quería decir era lo de mi abuela, que decía Jesusalén por Jerusalén, pero estos días me han hecho recordar la primera vendimia en regla.
*

La tablilla viene a ser donde se anuncian los óbitos y funerales consiguientes por medio de esquelas colocadas dentro de ella. Antes eran armaritos de madera que tenían un cristal con llave, de ahí el nombre. Ahora son paneles de metacrilato. Lo que no ha cambiado es la capacidad, sirven para tres esquelas. Cuando una funeraria tiene cuatro muertos el mismo día, al cuarto lo condenan al ostracismo y lo fijan con cinta adhesiva a la pared, fuera de la tablilla. Tampoco ha cambiado su ubicación, en la Plaza de España en una de las ventanas del puesto de la policía municipal.
Es costumbre ir a mirar la tablilla.
Es lo que hace el hombre de la imagen, viendo quien se ha muerto, por si tiene que cumplir. Ubicando al muerto en su estirpe, repasando su mote, que no lo ponen los de la funeraria, acordándose de los casos, si los hubo en la familia del finado. Si el óbito fue violento: quien lo iba a decir. Si el muerto es más joven que él: no somos nada. Volverá por enésima vez a hablar del destino, cada uno nacemos con la hora en la que nos vamos a morir puesta en ese instante: tenemos nuestro sino escrito y no nos podemos sustraer a el. Así es la vida, una mentira. Después, cuando comente con sus amigos en la plaza quién y de quién es el muerto, regresará a su casa con la satisfacción de poder haber visto otro nombre en la tablilla, por que ya se sabe: el problema es cuando no puedes leerla.
*
Nunca veré el hielo azul de Groenlandia, ni las vallas metálicas de las canchas de baloncesto callejeras en Nueva York. No admiraré el color rojo de las redundantes piedras de Petra, por supuesto. No saldré de aquí. Nunca.
Malditas gafas. Malditos duendes verdes que esconden en Irlanda ollas llenas de monedas de oro, como aquí, más los nuestros no eran duendes. El espejo de la entrada me devuelve la imagen de un viejo al que no conozco.
¿Que puedo hacer? No tengo pasado en el que descansar; el presente me atenaza; el futuro no existe y no se jugar al golf.
Después de la risa viene el llanto. De la tempestad la calma; de la noche la mañana, limpia, escondiendo monstruos. El Sol sale siempre por el mismo sitio, a pesar nuestro, a pesar de todo. Alguna vez no saldrá, lo sé, por ningún sitio. Un día de otro están muy cerca, tanto que alguna vez a la mañana no le da tiempo a recoger todos los monstruos y deja alguno. Para todo el día.
Las metáforas no conducen a ningún sitio. Son meros adornos en el papel para no decir lo que se quiere; para marear la perdiz en otra aburrida por usada y poco original metáfora. ¿Como se puede construir así algo?
Es difícil narrar la felicidad. Creo que es cuando nos acostumbramos; al poco, vuelta a empezar. El hotel más caro de Moscú creo que es el Metropol. Y vuelta a empezar.
Alejandro Nevski es un santo de la Iglesia Ortodoxa.
La perspectiva Nevski es una avenida de San Petersburgo.
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