Observo con la placidez propia de la hora como unas nerviosas tórtolas construyen o mejoran su nido, palote a palote, sobre una morera, mientras desde una cabina ejecuto el penúltimo alegato telefónico. Alargando aún más (si cabe) este cáliz que nadie (ni mucho menos tú, padre) aparta de mi. Pronto va a empezar la media veda (falta menos de un mes) y las tórtolas, las codornices, las palomas y otras especies de dos patas van a caer acribilladas, por montones, por parvas. Mal final tiene la sangre en verano, como está tan licuada sale a chorro vivo, barruntando más, mucha más.
Lo tengo visto y me sorprende de tan simple como es. Es el ingenio que me hace falta, se llama «Viive-2014-N». Es un aparato sencillo y cómodo, del tamaño de la recurrente caja de zapatos, líneas suaves, diseño finlandés, fácil de usar. Ensamblado por la reconocida casa Antea GmbH, fundada en 1684, proveedora (que llegó a ser) del joven Fausto. Utilísimo. Introduciendo unos breves datos en su teclado (muy cómodo y dócil, como no podía ser menos), el invento busca hacía atrás en tu pasado todas y cada una de las bifurcaciones en las que a lo largo de la vida has debido tomar (oh lector) una decisión; la analiza por medio de un algoritmo ad-hoc, decide la validez de la misma y las repercusiones que ha tenido en tu existencia y si es necesario la cambia, eliminado así los errores cometidos y dejando tu vida como debiera haber sido de haber tomado las decisiones exactas. Hay una versión algo superior (la N-012) que firewalliza las decisiones futuras a tomar, dejándote inmunizado de los errores venideros. Sale al mercado después del verano y hablan de unas quinientas mil unidades puestas a la venta en sitios muy señalados. Del precio aún no han informado. Expectante quedo.
Floresta suena a cuento de hadas y a mitología germánica; a los hermanos Grimm, hugonotes y profesores de universidad que recopilaron y publicaron terribles cuentos en aras del romanticismo, posteriormente suavizados para las necesarias ventas y que empleaban con frecuencia el sustantivo aun siendo catedráticos de ajetreada vida, como corresponde a la época que les tocó vivir. Procede del francés y quiere decir terreno poblado de árboles. Y de ninfas, añado yo. Las ninfas de los árboles son las Dríades, que son las de los bosques en general y de los robles en particular y entre las que destaca Eurídice que fue mujer de Orfeo; las Hamadríades, relacionadas con un único e individual árbol y que mueren al ser este talado y las Melíades que son las ninfas de los fresnos. En el museo Hergé, donde nadie se esconde (y menos Casaubon) esperando acontecimientos, a lo mejor también hay florestas. A todos nos resulta gracioso, como los cuentos, Hergé digo, pero ca. Siempre me ha resultado insoportable Tintín, su personaje más celebre. Excesivamente repelente y rozando el poste de las teorías derivadas de los Grimm. No se. A lo mejor es que veo nazis escondidos en la floresta.
En verano, las playas suelen estar bastante concurridas, dicho como comienzo y sin ningún doblez. En la esquina de la calle Doctor Sopena con Eugenia Viñes, había un bar, infecto, al que podías entrar a tomarte una cerveza y salir metido en bolsas plásticas. A pesar de haber vivido antes en Valencia, la primera vez que sentí la Malvarrosa fue en la excursión a Mallorca que hicimos al acabar el instituto. Villas mustias, decrépitas, desconchadas, atestadas de maleza, lejanas al esplendor que alguna vez tuvieron. Verjas oxidadas, persianas rotas, borrachos. Las Arenas siempre presente y cerrado. Blasco Ibáñez tenía un chalet en La Malvarrosa que me recuerda Mirasol, a lo mejor, dos parnasos separados trescientos kilómetros. Uno del pueblo que se hospedó en «La Pepica» no durmió en toda la noche pues pensaba que el mar se le metía en la habitación de tan cerca como lo oía. Luego, cuando la mili, terrazas de diseño en los chalets de la calle Pavía, algunas parecían sacadas de comics de Mariscal o Montesol con farolas sinuosas o inclinadas y camareros que evocaban un video de Adam and the Ants. Recuerdo un domingo que fuimos al chiringuito del joven ¿Ferrer?, compañero nuestro de penurias, valenciano, pernocta y hostelero a comernos una paella (valenciana, por supuesto), acompañada de cerveza con gaseosa en porrones. Mientras se guisaba el arroz le pedimos una ración de mejillones, contestándonos que no tenía. Al minuto justo sacó una fuente repleta de moluscos para otra mesa. No decías que no tenías mejillones ¿eso que es? Eso son clóchinas, nos dijo. Ahora, la paella: ¡ah la paella!. Antes, como mi padre era cobrador de autobús, los domingos hacía el servicio de la Puebla de Farnals a la playa del pueblo, que era importantísima y con mucho turismo en los años setenta. Tenía edificios muy altos de apartamentos y hoteles. Algún que otro domingo lo pasé con mi padre en el autobús. Tenía unas placas metálicas entre las ventanas y el porta-equipaje con una serie de avisos y prohibiciones: «Prohibido escupir, bajo multa de cinco pesetas»; «No hablar con el conductor»; «Al apearse no cruce por delante de este vehículo, puede ser atropellado por otro que usted no ve»; «Conserve el billete durante todo el trayecto».
La carrasca es un árbol de hoja perenne, nativo de la zona mediterránea, de la familia de las fagáceas de nombre botánico Quercus Ilex. Es famosa en Tomelloso la «Carrasca de la Sandalia». Está catalogada dentro de los 4.000 árboles singulares de España y como uno de los cincuenta mejores de ellos. Está en la carretera de Pedro-Muñoz, en el Coto o la Casa del Sevillano. Mide unos trece metros de alta, desde la base se divide en tres brazos y proyecta una sombra de 450 metros cuadrados. Parece ser que la Sandalia era una melonera (¿como no?) de la zona que vendía su amor en una choza debajo de la carrasca (¿Ustedes hacen el amor aquí en París? No Sire, lo compramos ya hecho).
En Santa Eulalia de Gállego, que es un pueblo de la provincia de Zaragoza y que allí le dicen Santolaria, hay dos carrascas también famosas: la de Santa Quiteria y la de Santa Bárbara. A la de Santa Quiteria le dicen así por que, por lo visto, se apareció la santa encima de la cumbrera, a un pastor creo yo. Se corta un trozo de corteza y te la pones en el bolsillo para prevenir la rabia, vamos, que no te muerde ningún perro rabioso si llevas el trozo de árbol en el bolsillo. La de Santa Bárbara para detiene las tormentas, pero no se como.
La calle de Santa Rita es una calle de Tomelloso que empieza en la Glorieta de María Cristina (o en la calle Lepanto, según se mire), plana, recta y de altas aceras. Es una rúa bien de ancha que se estrecha (aunque poco) al desembocar en la avenida de Don Antonio Huertas. Se le puso el nombre de la patrona de los imposibles el 17 de Diciembre de 1883, a la calle que iba desde el cementerio viejo hasta el camino de las canteras. El día de Santiago de 1902 el Ayuntamiento acuerda construir en los terrenos del cementerio viejo una glorieta, comprando solares si fuese necesario y abriendo suscripción. Doña Crisanta Moreno hace la donación más cuantiosa por lo que la glorieta lleva su nombre hasta el fallecimiento de la Reina Madre y antes regente, María Cristina de Habsburgo-Lorena en 1929, dedicándole el jardín a la egregia morava. La avenida de Don Antonio Huertas, anteriormente se llamó Paseo de Circunvalación, empezado a construir en noviembre de 1917 como primer rodeo de la ciudad, desde la prolongación de la calle Don Víctor (ahora paseo de San Isidro) hasta la calle Doña Crisanta. Años después se le dedicó la vía al Sr. Huertas, profesor de instituto fallecido en accidente de tráfico. No recuerdo que en la calle de Santa Rita hubiese faroles; hubo un alcalde en tiempos de la última dictadura que ornó con fanales de forja la calles donde vivía algún concejal, dejando el resto de las arterias con una pelada bombilla, cada tanto, en el centro de la carrilada suspendida de un cable. Si la recuerdo adoquinada y de dos sentidos. Esta calle la he recorrido a pie diariamente desde octubre de 1978 hasta agosto de 1990 (y aún ahora, más esporádicamente). Primero durante mis años de Formación Profesional (los de bachillerato, a pesar de estar casi juntos los institutos se iban por otra calle, paralela, la de Santa Catalina, también italiana y fallecida un año antes del nacimiento de la santa de Cascia), de lunes a viernes; para ir a la discoteca que frecuentábamos los fines de semana había que recorrer entera la calle. Tras el instituto, los años de noviez: Mari Carmen vivía en una bocacalle del citado vial. Al poco de empezar a recorrerla descubrí en la acera de la derecha, la de los pares, en la casa de Francisco el de los billares, que está casado con una prima segunda mía, en la tapa metálica de una lumbrera, grabada una estrella de cinco puntas con la inscripción «¡Viva la República! 19-07-1936», que me llamó la atención y que pasó desapercibida durante cuarenta años. No se si todavía estará. A ver si me fijo.
Leo en Chateaubriand: «a la diabla», calificando la manera de escribir del padre y el tío del conde de Mirabeau (presidente de la Asamblea Nacional durante enero y febrero de 1791) y Saint-Simón, filósofo. Lo busco. Hacer algo de esa guisa es forjarlo sin cuidado. Desconocía la expresión. Es también una especie de tartana. Resulta entretenido, por lo menos, el vizconde en una traducción del XIX que no se como ha llegado a una edición (que es la que leo) de kiosco. Las expresiones, los giros, los modismos y las muletillas van yirando y girando según la época. Así es. Cada vez con menos palabras; la economía del lenguaje.
Los asesinos en serie son muy satisfactorios para las emisoras de televisión. Resultan morbosos, duraderos, vendibles, escabrosos, acomplejados, enfermos, adictos, dúctiles, elásticos y rentables. A las estaciones televisoras le agradaría que todos fuésemos asesinos en serie en una infinita sucesión de realitys donde, a pesar de todo, sortearían el peligro por la libertad de expresión.
Veo como inopinadamente la gente descubre que los cuernos de los toros bravos hieren e incluso matan, que no son de atrezzo.
Nuestro albo y regional presidente (con la entonación que le caracteriza) afirma en una figura que me aburre definir que: «es muy importante ser de pueblo, pero que es más importante ser del pueblo». Propio del elevado concepto que posee de nosotros nuestro blanco líder.
Funes el memorioso como no dormía no eliminaba recuerdos, tenía hipermnesia . Hay cosas de las que no nos acordamos por que no han sucedido. Fácil. Oigo que cada vez que rememoramos algo lo distorsionamos, esto es, el recuerdo más recurrente es el más irreal; cada vez que lo evocamos lo volvemos a interpretar
Una vez me compre una armónica. Una «Blues Harp». En Ópera, en la casa Real Musical; nos íbamos a Galicia Jota et moi y fuimos exprofeso a por el instrumento (un servidor entonces tenía alma de blues) mientras salía el tren desde la estación del Norte. Así mismo me compré un paquete de tortas sevillanas en el Mesón del Alabardero. Me gustaba la plaza de Isabel II, me veía como un triste y verboso Ladoire tocando la armónica en un antro de Nueva Orleans mientras habitaba en una buhardilla madrileña, en aquellos años en los que el tele-transporte aún estaba en mantillas. Seguí las recomendaciones de un programa de radio para la compra y me apliqué concienzudamente en las normas que como una suerte de decálogo explicó el locutor para la correcta práctica y uso del artefacto. Llegué a tocar Piano-Man hasta que, se conoce que por algún tipo de reacción química producida entre el Terry de mi aliento y el metal de la armónica, esta se oxidó. Después de comprar la armónica, Jota et moi nos fuimos a Galicia, en principio a Santiago, terminando en Coruña, en una playa, notando en el momento de ir a montar la tienda la importancia de esas piquetas torcidas que desechamos (por considerarlas inútiles) dejándolas en el pueblo. Afortunadamente llevábamos cubiertos que nos sirvieron para sujetar los vientos. Poco duramos. Al día siguiente nos trasladamos a Sada que estaba en fiestas. He de hacer notar que nuestra tienda tampoco tenía el doble techo y que nuestros escasos cuartos solo nos daban para pagar el camping y comprar algunas latas de conservas y pan de tanto en tanto. La cena y la chispa las solucionamos en el pueblo con una jarra de ribeiro y una ración de chorizos fritos por veinte duros. Dolores de muelas calmados con analgésicos y vinazo; mantas en vez de sacos, cuerdas de pita en vez de vientos de nailon. El globo de Betanzos. ¿Bock o caña? El último día de fiestas una sardiñada nos hizo comer caliente y las dos mil pesetas que nos mandó el padre de Jota nos hicieron llegar al pueblo, con mi armónica «Blues Harp».
El nueve de julio de 2009, hace ya… ¡haced la cuenta! En plenas fiestas de San Fermín, que es un santo que se representa con mitra y cayado ya que fue obispo de Pamplona y actualmente patrón de la misma; talla exigua que recuerda la de San Saturio que es el patrón de Soria y anacoreta visigodo cuya imagen corresponde solo al busto del venerable, afirmando lo esplendido del carácter soriano. Como digo, el nueve de julio del nueve, ocurrieron muchas cosas y se tomaron decisiones que cambiarían el mundo como hasta entonces lo habíamos conocido. La cara alta pues el pavimento está sucio, hay colillas, hojas secas, polvo, papeles; cabinas telefónicas decoradas con rotulador, creo yo, permanente. Líneas interminables de las baldosas de las aceras que forman infinitas intersecciones, van para todas las direcciones, forman multitud de cuadrados ¿Cuántos? Les dejan unas juntas en la unión de las losetas para que no revienten por la dilatación que produce en los materiales el calor, por eso, el metro patrón que está en el Museo de Pesas y Medidas de París (en donde me gustaría estar en este momento) es de platino e iridio y está metido en una campana de cristal. La definición de metro que nos enseñó Don Juan era: «Metro es la diezmillonésima parte de un cuadrante del meridiano terrestre»; ahora es: «la longitud del trayecto recorrido en el vacío por la luz durante un tiempo de 1/299 792 458 de segundo». Pero a ver quien es el guapo que mantiene la cara alta e impasible el ademán, a pesar de lo que pasó el nueve de julio del año nueve.
Una vez compró mi padre una casa, ya en Tomelloso, que no era tal. O por lo menos no era tal como las habíamos conocido. Era un patio con habitaciones construidas en derredor, como casas independientes, con tejados a dos aguas y paredes de adobe. Había tres casas de esas en la parte norte: salón, alcobas y una cocina. Otra en la parte sur que servía de trastero. En el patio había una higuera inmensa y un grifo en la pared con un pilón. Ese grifo y el de la cocina eran las únicas salidas de agua corriente en toda la casa, con lo que el aseo lo realizábamos por medio de abluciones. Había un corral sin bichos separado del patio por un portón de madera, dentro había una cochiquera, un gallinero y al final el retrete: un agujero negro que tragaba toda la materia y la antimateria. La casa estaba un metro más baja que la calle y mi padre hubo de encargar unas rampas de madera para salvar el desnivel con el coche. Estuvimos poco tiempo allí. Fue la penúltima casa de mi movida infancia: la quinta de seis y en la única que no emitimos anhídrido carbónico a la atmósfera.






